miércoles, noviembre 08, 2006


UNA NOTA EN LA TAQUILLA VI.

Volví a mi casa ya tarde, con el tiempo justo de ducharme, cenar, relajarme un poco y volver al hotel para hacer mi turno.
A partir de la medianoche tenía que ocupar mi puesto como ya era costumbre, aquella sería la séptima, mi séptima noche en el hotel.

El día había sido duro, tras marcharse la policía el Sr Figueroa nos pidió que nos quedáramos, todo el personal laboral menos Mortacleto nos reunimos durante otra media hora en los salones de abajo, sólo habló Figueroa, el resto quedó en silencio y yo ni siquiera le presté atención, intuía sus palabras sobre la discreción y sobre el antiguo portero de noche ya en busca y captura y tal, no hizo falta escucharle, con su voz de fondo como un murmullo quedé en estado catatónico durante los treinta minutos que duró el monólogo directivo.

A las once y media de la noche emprendí camino al trabajo, caminando, como también me era costumbre, recorriendo las calles estrechas del casco antiguo, pisando su empedrado, respirando el aire puro de la noche después de la lluvia.
Llegué al callejón y a la puerta del hotel, miré mi reloj, faltaban quince minutos para mi entrada, tenía tiempo.

Me dirigí hacía el fondo, hasta la puerta de la casa colindante, la fachada era muy estrecha y más bién parecía la base de una antigua torre con su puerta forjada abajo.

Atisbé a través de la gran cerradura pero la oscuridad de la noche era impenetrable.

Mortacleto me esperaba con todo ya puesto para irse, también había sido un día duro para él, supongo.
Una vez seguro de su marcha cogí la linterna y bajé a la cocina, allí estaba todo igual, las ollas, los cazos, los cuchillos...allí también se guardaba la escalera de mano, una muy ligera de alumino.

Cargado con linterna y escalera, pensé en coger también un cuchillo pero desistí, encaminé mis pasos hacía la puerta de lo que quedaba de la casa colindante.
Apoyé la escalera en la pared, junto a la puerta, y subí hasta arriba.

El espacio de dentro se abría cómo un hongo nuclear y resultaba que el solar de la casa era mucho más grande de lo que parecía a tenor de su fachada, que era lo único que se mantenía en píe.
Dentro ya no había ni techos, ni muros, ni un tabique, ya no quedaba nada exceptuando el pozo, que sobrevivía en silencio en uno de los rincones de lo que, supongo, sería un patio interior.

Solo quedaba a la vista el pozo y algunas huellas del pasado, señales dónde hubo una escalera o azulejos blancos o celestes donde hubo un cuarto de baño.
Lo que a la luz del día podía ser la imagen más normal y cotidiana, bajo la luz de mi linterna parecía irreal...
el vacío del derribo se volvía tétrico y lleno de sombras inquietantes.

El sonido...
El sonido lo ponían los gatos...o eso creo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hablando de gatos. Otra poesía que dedico a Janis de mi parte y que no desentona con lo que cuentas Portero. Ésta es bastante más reciente que la anterior.

LLEGA LA NOCHE
CON TODO SU ORBE DE VACÍO.
LLEGA LA HORA DE LOS GATOS.
Y YO ESPERO ECHADO SOBRE LA CAMA INTENTANDO DORMIR
PARA SALIRME DE ESTA PESADILLA.

Anónimo dijo...

Otra cosa. Acabo de repasar el episodio I y creo que sé lo que le ha ocurrido al primer Portero de Noche. Aún así dejaré que sigas con la historia sin desvelar mi hipótesis (a no ser que me lo pidas) Bueno todo esto en caso de que no estés improvisando. No quisiera joderte la historia. Ahora bien, te diré que lo que estás haciendo es utilizar un recurso literario muy bueno y se trata de orientar al lector en una dirección para acabar sorprendiéndole en en otra dirección. Será ese cambio de sentido lo que producirá la sorpresa. En primer lugar a la narración le vas dando un tono misterioso y hasta diría que casi terrorífico, pero pondría la mano en el fuego a que la cosa acaba en una historia de amor.

Guindilla Dutrera. dijo...

Uy Uy, a ver lo que sale de aquí.
Lanzad hipótesis a ver si alguna me viene bien pal hueso que tengo roto en el cerebro.